jueves, 5 de agosto de 2010

El Dinero y las Riquezas, Maldición o Bendición? ......Maria Valtorta

2 Jesús ha curado ya a los enfermos y ha dirigido su palabra a la gente. Ha hablado ciertamente sobre el tema de las riquezas adquiridas con injusticia, sobre el desapego de la riqueza, requerido en todos para ganarse el Cielo, indispensable en quien quiere ser discípulo suyo. Ahora está respondiendo a las preguntas de algunos discípulos ricos, que están un poco turbados por estas cosas.


El escriba Juan dice:

«¿Entonces debo destruir lo que tengo, despojando a los míos de lo suyo?».

«No. Dios te ha dado unos bienes. Haz que sirvan a la Justicia y sírvete de ellos con justicia. O sea, socorre con esos bienes a tu familia: es un deber; trata con humanidad a los siervos: es caridad; favorece a los pobres; ofrece tu ayuda para aliviar las necesidades de los discípulos pobres. Obrando así, tus riquezas no te serán motivo de tropiezo; antes bien, te servirán de ayuda».

Luego, dirigiéndose a todos, dice:

«En verdad os digo que puede correr el mismo riesgo de perder el Cielo por amor a las riquezas hasta el más pobre de mis discípulos, sacerdote mío, si falta a la justicia haciendo pactos con el rico. El rico y malvado intentará muchas veces seduciros con donativos para teneros de su parte y para que consintáis su modo de vivir y su pecado. Y habrá ministros míos que cedan a la tentación de los donativos. No debe ser así. Aprended del Bautista. Poseía, sin ser ni juez ni magistrado, la perfección de ambos indicada por el Deuteronomio: "No harás acepción de personas, no aceptarás donativos, que ciegan los ojos de los prudentes y alteran las palabras de los justos" 121. Demasiadas veces el hombre deja embotar el filo de la espada de la justicia con el oro que un pecador extiende encima. No, no debe ser así.

Sabed ser pobres, sabed saber morir, pero no pactéis nunca con el pecado; ni siquiera con la disculpa de usar el oro en pro de los pobres. Es oro maldito, no les acarrearía ningún bien; es oro de pacto infame. Sois constituidos discípulos para ser maestros, médicos y redentores. ¿Qué seríais si os hicierais aprobadores del mal por interés?

Maestros de mala ciencia, médicos que quitan la vida al enfermo, cooperadores en la ruina de los corazones, en vez de redentores».

3 Uno de entre la multitud se abre paso y dice:

«No soy discípulo, pero te admiro. Responde, pues, a esta pregunta: ¿puede uno retener el dinero de otro?».

«No, hombre; es hurto, igual que quitarle la bolsa a un viandante».

«¿También cuando es dinero de la familia?».

«También. No es justo que una persona se apropie del dinero de la comunidad».

«Entonces, Maestro, ven a Abelmaín, en el camino de Damasco, y manda a mi hermano que reparta conmigo la herencia de nuestro padre, muerto sin haber dejado escrita palabra alguna. Se ha quedado con toda. Considera, además, que somos gemelos, nacidos de un primer y único parto. Tengo, pues, los mismos derechos que él».

Jesús le mira y dice:

«Es una triste situación. Está claro que tu hermano no se está comportando bien. De todas formas, lo único que puedo hacer es orar por ti, y, más aún, por él, para que se convierta; y puedo ir a tu ciudad a evangelizar y así tocar su corazón. No me pesa el camino, si puedo poner paz entre vosotros».

El hombre salta encolerizado:

«¿Y para qué me sirven tus palabras? ¡Mucho más que palabras hace falta en este caso!».

«Pero no me has dicho que le ordene a tu hermano que...».

«Mandar no es evangelizar. La orden siempre va unida a una amenaza. Amenázale con hacerle algún mal a su físico, si no me da lo mío. Puedes hacerlo. De la misma forma que devuelves la salud, puedes inducir la enfermedad».

«Hombre, he venido a convertir, no a herir. Si tienes fe en mis palabras hallarás paz».

«¿Qué palabras?».

«Te he dicho que oraré por ti y por tu hermano, para consuelo tuyo y conversión suya».

«¡Cuentos! ¡Cuentos! No soy tan simplón como para creer en ellos. Ven y ordena».

4 Jesús, cuya actitud era mansa y paciente, adquiere un aspecto majestuoso y severo. Se yergue –antes estaba un poco curvado hacia este hombre bajo y corpulento y encendido de ira– y dice:

«Hombre, ¿quién me ha constituido juez y árbitro entre vosotros? Ninguno. De todas formas, para zanjar una división entre dos hermanos, había aceptado ir para ejercer mi misión de pacificador y redentor. Si hubieras creído en mis palabras, al regreso a Abelmaín habrías encontrado ya convertido a tu hermano. No sabes creer, y no se te dará el milagro. Si hubieras podido ser el primero en hacerte con el tesoro, te habrías quedado con él y le habrías dejado sin nada a tu hermano; porque, en verdad, de la misma forma que habéis nacido gemelos, tenéis gemelas las pasiones, y tanto tú como tu hermano tenéis un solo amor: el oro, una sola fe: el oro. Quédate, pues, con tu fe. Adiós».

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