Visión y Proposito



Nuestra visión y propósito, en perfecta obediencia al mandato de Jesús Nuestro Señor de "DISCERNIR LOS SIGNOS Y SEÑALES DE LOS TIEMPOS", es el difundir los Mensajes que para este tiempo final, Dios Padre esta recordando y explicitando a su Iglesia y al mundo a través de sus dos Ungidos y Testigos, es decir, los CORAZONES UNIDOS Y TRIUNFANTES DE JESÚS Y MARÍA, y así poder contribuir con su plan en el llamado y preparación de los DISCÍPULOS DEL FIN DE LOS TIEMPOS.


En cuanto a las Revelaciones y Profecías Privadas, que se publica en este Blog, en virtud de la derogación de los cánones 1399 y 2318 del Código de Derecho Canónico y de la vigencia del Decreto del Papa Urbano VIII, SOLO AL SANTO MAGISTERIO DE LA IGLESIA CATÓLICA, APOSTÓLICA Y ROMANA le corresponde determinar sus AUTENTICIDAD Y CARÁCTER SOBRENATURAL, a cuya decisión final dócilmente nos sometemos, sin olvidar, a San Pablo que nos exhorta: " No despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno" 1ra. de Tesalonicenses 5;20 y San Juan Evangelista que nos profetiza: " Pero cuando EL, el Espíritu de la verdad, venga, os guiará a toda la verdad,...... y os hará saber lo que habrá de venir." Jn 16;13.

Sin embargo, ya que, la Iglesia no objeta en principio el difundir estas revelaciones privadas, mientras se las estudia por su contenido y frutos, esperamos que no se las busque por la sola satisfacción de la curiosidad, sino por un deseo VERDADERO DE CONVERSIÓN Y SALVACIÓN para el Alma, traducido en la realización de obras de Misericordia Concretas.

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martes, 15 de mayo de 2012

El Tercer Secreto de FATIMA, enteramente revelado: El Cardenal Ratzinger (Actual Papa) "...es un llamamiento radical a la conversión; la importancia absoluta de la historia, los PELIGROS amenazando la fe y la vida del Cristiano, y por tanto la del MUNDO..."


El Tercer Secreto,
enteramente revelado

El Cardenal Oddi         El Cardenal Ciappi
El Cardenal Oddi declara que el Tercer Secreto de Fátima «nos advierte contra la apostasía que tendrá lugar en el seno de la propia Iglesia.» El Cardenal Ciappi afirma que en el Tercer Secreto «se predice, entre otras cosas, que la gran apostasía en la Iglesia comenzará por lo alto.» En resumen: La apostasía se irradiará, a partir del Vaticano, hasta los más longincuos puntos de la Iglesia.

El Papa Juan Pablo II
El Papa Juan Pablo II afirma que el Mensaje de Fátima es una advertencia sobre el inminente atentado a la Fe Católica, iniciado en el seno de la propia Iglesia, lo cual nos recomienda precaución acerca del peligro que representan las «estrellas del Cielo» que se volvieron apóstatas (Apoc. 12:4) en nuestro tiempo. Eso significa que Juan Pablo II nos exhorta contra la apostasía en la Iglesia actual.
El Obispo D. João Venancio, segundo Obispo de Leiria [diócesis a que pertenece Fátima], es un testigo ocular de que el texto del Tercer Secreto está escrito en una hoja de papel, con márgenes de 7,5 mm de ambos lados de la página y con unas 25 líneas de texto. Por lo cual se puede afirmar que no se trata del documento divulgado por el Cardenal Ratzinger y por el Arzobispo Bertone en 26 de junio de 2000, ya que dicho documento tenía 62 líneas y ocupaba 4 hojas de papel sin márgenes.

El Obispo D. João Venancio

     Si, como parece ser el caso (y como lo creen millones de católicos de buena fe) el contenido del Tercer Secreto es algo más que una poco inteligible visión de un «Obispo vestido de Blanco», sin cualquier explicación de Nuestra Señora de Fátima sobre cómo se debe interpretar, ¿en qué consistiría la parte que falta del Secreto? Ya hemos sugerido una respuesta. En este Capítulo, vamos a examinarla con más profundidad.

Todos los testigos coinciden en sus declaraciones
     La declaración de cada uno de los testigos que se manifestaron sobre este punto conduce a una misma conclusión: la parte que falta del Tercer Secreto de Fátima predice una desastrosa pérdida de Fe y de disciplina entre los miembros de la Iglesia, es decir: prevé una gran apostasía. Recordemos los testimonios que, sobre está cuestión, hemos mencionado en el Capítulo 4.
El Papa Pío XII
      Me preocupan los mensajes de la Santísima Virgen a Lucía de Fátima. Esa persistencia de María sobre los peligros que amenazan a la Iglesia es un aviso del Cielo contra el suicidio que significa alterar la Fe en Su liturgia, en Su teología y en Su espíritu. (…)
El Padre Joseph Schweigl
     No puedo revelar nada de lo que me he enterado en Fátima acerca del Tercer Secreto; lo que puedo decir es que tiene dos partes: una se refiere al Papa; la otra, lógicamente (aunque no deba decir nada sobre ella), tendría que ser la continuación de las palabras: «En Portugal, se conservará siempre el dogma de la Fe».
El Padre Fuentes
     Con relación al Tercer Secreto, en 1958, con Imprimatur y con la aprobación del Obispo de Leiria (diócesis a que pertenecía Fátima), el P. Fuentes publicó las siguientes revelaciones de la Hermana Lucía:
     Padre, la Santísima Virgen está muy triste, porque nadie hace caso a su Mensaje, ni los buenos ni los malos. Los buenos, porque prosiguen su camino de bondad; pero sin hacer caso a este mensaje. Los malos, porque no viendo el castigo de Dios actualmente sobre ellos, a causa de sus pecados, prosiguen también su camino de maldad, sin hacer caso a este Mensaje. Pero, créame, Padre, Dios va a castigar al mundo, y lo va a castigar de una manera tremenda. El castigo del cielo es inminente.
     ¿Qué falta, Padre, para 1960; y qué sucederá entonces? Será una cosa muy triste para todos; y no una cosa alegre si antes el mundo no hace oración y penitencia. No puedo detallar más, ya que es aún secreto que, por voluntad de la Santísima Virgen, solamente pudieran saberlo tanto el Santo Padre como el señor Obispo de Fátima; pero que ambos no han querido saberlo para no influenciarse.
      Es la tercera parte del Mensaje de Nuestra Señora, que aún permanece secreto hasta esa fecha de 1960.
     Dígales, Padre, que la Santísima Virgen, repetidas veces, tanto a mis primos Francisco y Jacinta, como a mí, nos dijo; Que muchas naciones de la tierra desaparecerán sobre la faz de la misma, que Rusia sería el instrumento del castigo del Cielo para todo el mundo, si antes no alcanzábamos la conversión de esa pobrecita Nación (...)".
     Padre, el demonio está librando una batalla decisiva con la Virgen; y como sabe qué es lo que más ofende a Dios y lo que, en menos tiempo, le hará ganar mayor número de almas, está tratando de ganar a las almas consagradas a Dios, ya que de esta manera también deja el campo de las almas desamparado, y más fácilmente se apodera de ellas.
      Lo que más les aflige al Corazón Inmaculado de María y al Sagrado Corazón de Jesús es la pérdida de las almas de los Religiosos y de los Sacerdotes. El Demonio sabe que los Religiosos y los Sacerdotes que fracasan en su sublime vocación arrastran consigo al infierno numerosas almas (...) El Demonio quiere apoderarse de las almas consagradas. Intenta corromperlas a fin de adormecer las almas de los laicos y de ese modo llevarlas a la impenitencia final.
El Padre Alonso
     Poco antes de fallecer en 1981, el P. Joaquín Alonso, archivero oficial de Fátima durante dieciséis años, declaró lo siguiente:
      Sería, pues, del todo probable que en ese período «intermedio» a que nos estamos refiriendo el texto haga referencias concretas a la crisis de fe de la Iglesia y a la negligencia de los mismos Pastores (...) se trata de luchas intestinas en el seno de la misma Iglesia y de graves negligencias pastorales de altos Jerarcas.1
     En el período, pues, que precede al gran triunfo del Corazón de María suceden algunas cosas tremendas que son objeto de la tercera parte del secreto. ¿Cuáles? Si en Portugal se conservarán siempre los dogmas de fe..., se deduce con toda claridad que en otras partes de la Iglesia esos dogmas, o se van a oscurecer, o hasta se van a perder.2
     ¿Habla de circunstancias concretas el texto inédito? Es muy posible que no hable únicamente de una verdadera «crisis de fe» en la Iglesia de este período intermedio, sino que como, por ejemplo lo hace el secreto de La Salette, haya referencias más concretas a las luchas intestinas de los católicos; a las deficiencias de sacerdotes y religiosos; tal vez se insinúen las deficiencias mismas de la alta Jerarquía de la Iglesia.3
El Cardenal Ratzinger
     Según el juicio de los Papas, [el Secreto] no añade nada [literalmente: 'nada diferente'] a lo que un Cristiano debe saber acerca de la Revelación: i.e., un llamamiento radical a la conversión; la importancia absoluta de la historia, los peligros amenazando la fe y la vida del Cristiano, y por tanto la del mundo. Y entonces la importancia de los 'novissimi' [los últimos acontecimientos al final del tiempo]. Si no se ha hecho público – por lo menos al presente – es  para evitar que la profecía religiosa sea tomado equivocadamente por una búsqueda de lo sensacional [literalmente: 'por el sensacionalismo']. Pero las cosas contenidas en este 'Tercer Secreto' corresponden a lo que ha anunciado la Santa Escritura y tantas veces lo que ha dicho muchas otras apariciones marianas, en primer lugar la de Fátima en la parte ya conocida de su contenido. La conversión y la penitencia son las condiciones esenciales para la 'salvación'.4 (11 de noviembre de 1984)
D. Alberto Cosme do Amaral
     El contenido [del Tercer Secreto] se refiere únicamente a nuestra Fe. (...) Asociar el [Tercer] Secreto a previsiones catastróficas o a un holocausto nuclear es deformar el sentido del Mensaje. La pérdida de la Fe en un continente es peor que la desaparición de una nación; y la verdad es que la Fe viene disminuyendo continuamente en Europa.5
     Es importante observar que, dentro de la febril tentativa de ocultar y suprimir la verdad sobre Fátima, D. Alberto Cosme do Amaral fue constreñido a retractarse de sus comentarios, poco después de haberlos hecho. Sin embargo, diez años después y protegido por la jubilación, el Obispo, durante una entrevista pública en 1995, ratificó informalmente su testimonio, añadiendo a las evidencias un detalle esencial: «Antes de afirmar en Viena (en 1984) que el Tercer Secreto se refiere únicamente a nuestra Fe y a la pérdida de la Fe, yo había consultado con la Hermana Lucía y obtuve previamente su aprobación.»6 Por consiguiente, fue la misma Hermana Lucía quien, una vez más y de modo indirecto, confirmó que la versión completa del verdadero Tercer Secreto de Fátima  predice una apostasía en la Iglesia.
El Cardenal Oddi
     [El Tercer Secreto] no tiene nada que ver con Gorbachov. La Santísima Virgen nos está alertando sobre la apostasía en la Iglesia.
El Cardenal Ciappi
     A estos testimonios debemos añadir otros dos. El primer testigo es el Cardenal Mario Luigi Ciappi, que era precisamente el Teólogo papal personal del Papa Juan Pablo II. En un comunicado particular a un cierto Profesor Baumgartner, en Salzburgo, el Cardenal Ciappi le reveló que:
     En el Tercer Secreto se predice, entre otras cosas, que la gran apostasía en la Iglesia comenzará por lo alto.7
El Padre Valinho
     El segundo testigo es el P. José dos Santos Valinho, sobrino de la Hermana Lucía. En el libro de Renzo y Roberto Allegri que lleva por título Reportage su Fatima [Milán, 2000], providencialmente publicado poco antes de la divulgación de la visión del Tercer Secreto y de la publicación de EMF por Ratzinger/Bertone, el P. Valinho declaró que, al parecer, el Tercer Secreto predecía la apostasía en la Iglesia.8
     En resumen: Cada uno de los testigos sobre este asunto (incluso el Cardenal Ratzinger, en 1984), hizo sus declaraciones en un mismo sentido: que el contenido del Tercer Secreto de Fátima se refiere a una crisis de Fe en la Iglesia Católica, a una apostasía, con funestas consecuencias para el Mundo entero; no hubo ni un solo testigo que hubiese negado que es precisamente eso lo que predice el Tercer Secreto; y que la Hermana Lucía nunca rectificó ninguno de estos testimonios, aun cuando, durante toda su vida, no vaciló en corregir quienes distorsionan el contenido del Mensaje de Fátima.
Por dos veces el Papa Juan Pablo II
ha revelado la esencia del Secreto
     Como si no bastase todo esto, el Papa Juan Pablo II, en dos ocasiones, en sus sermones en Fátima, ratificó lo más esencial del Tercer Secreto. Todo lleva a creer que el Santo Padre divulgó los elementos esenciales del Tercer Secreto en el sermón del 13 de mayo de 1982, en Fátima, y los volvió a ratificar el 13 de mayo de 2000, en Fátima, en el sermón proferido durante la beatificación de los videntes Jacinta y Francisco Marto.
     En la primera ocasión, el Papa preguntó en su sermón: «Con toda la fuerza de Su Amor, que se nutre en el Espíritu Santo y que desea la salvación de todos, ¿podría la Madre permanecer en silencio acerca de aquello que socava los propios fundamentos de la salvación de Sus hijos?» Y Él mismo respondió: «¡No, no puede!» En este caso, el propio Papa nos dice que el Mensaje de Fátima hace alusión a una advertencia de Nuestra Señora, de que los propios fundamentos de nuestra salvación están siendo socavados. Obsérvese el sorprendente paralelo entre ese testimonio y el del Papa Pío XII, que nos habló del suicidio que significaba alterar la Fe en la liturgia de la Iglesia, en Su teología y en Su espíritu.
     Posteriormente, el 13 de mayo de 2000, en su sermón durante la ceremonia de la beatificación, el Papa advirtió a los fieles con estas palabras:
      «Y se vio otra señal en el Cielo: He aquí un gran Dragón.» (Apoc. 12:3) Estas palabras de la primera lectura de la Misa nos hacen pensar en el ingente combate entre el Bien y el Mal, y nos muestran que, cuando el hombre se aleja de Dios, no consigue alcanzar la felicidad, sino que acaba destruyéndose a sí propio (...)
      El Mensaje de Fátima es un llamamiento a la conversión, y alerta a la Humanidad a que no haga el juego del "dragón", cuya "cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del Cielo y las lanzó a la Tierra" (Apoc. 12:4) (…)
     La finalidad última del hombre es el Cielo, su verdadera casa, donde el Padre celestial espera a todos, con Su amor misericordioso. Dios no desea que nadie se pierda, y por eso, hace dos mil años, envió a Su Hijo a la Tierra, para "buscar y salvar lo que estaba perdido" (Luc. 19:10) (…)
      Con Su maternal desvelo, la Santísima Virgen vino aquí, a Fátima, a pedirle a los hombres que "no ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido." La aflicción de madre le estimula a decir que el destino de Sus hijos corre peligro. Y por eso le pide a los pastorcitos: "Rezad, rezad mucho, y haced sacrificios por los pecadores, pues van muchas almas al Infierno, por no tener quien se sacrifique y pida por ellas.»
     Ya hemos señalado que Su Santidad citó el Capítulo 12, versículos 3 y 4, del Apocalipsis, y que la referencia a esos versículos se interpreta generalmente como significando que una tercera parte del Clero católico será arrastrada desde su sublime posición, debido a la pérdida de la Fe o a la corrupción moral — que es lo que vemos claramente entre el Clero en la actualidad. Repárese en la total coincidencia entre la homilía del Papa y la advertencia transmitida por la Hermana Lucía al P. Fuentes sobre cómo «sabe el Demonio que los Religiosos y los Sacerdotes que pierden su sublime vocación arrastran consigo numerosas almas al Infierno».
     Por consiguiente, parece muy claro que Juan Pablo II quiso decirnos que el Tercer Secreto se refiere a la gran Apostasía prevista en las Sagradas Escrituras. ¿Qué motivo habría tenido Su Santidad para no expresar todo esto de un modo directo, explícito, y, por el contrario, lo dijo de un modo un tanto misterioso, usando un lenguaje que sólo los más cultos podrían entender? ¿Pretendería el Papa enviar una señal a los fieles de espíritu más perspicaz, sobre aquello que imaginaba que muy pronto sería revelado: la versión total del Tercer Secreto? Como sabemos, las cosas no salieron así, y sólo se nos ofreció la visión del «Obispo vestido de Blanco» y el denominado "Comentario" en EMF. Al reconocer que afrontaba una fuerte oposición por parte del Cardenal Sodano y de sus colaboradores, es posible que el Papa esperase poder divulgar, a través de su sermón, al menos la esencia del Secreto, con la esperanza de que, tarde o temprano, la verdad entera vendría a la luz. Es posible, además, que el Papa sintiese que no podía hablar abiertamente, por el simple motivo de haberse dejado rodear de Clérigos, Religiosos, Obispos y Cardenales que (ahora se daba cuenta), no merecían su confianza, pero que se sentía incapaz de sustituirlos. Continúan en los mismos cargos, son ellos quienes promueven la demolición de la Fe, y son ellos quienes se hallan en aquella tercera parte de las almas consagradas, arrancadas de sus cargos por el Demonio. Es posible que el Papa ni siquiera sepa quiénes son; o si lo sabe, es posible que se dé perfecta cuenta de que no puede denunciarlos públicamente, ya que se expondría a perder la vida en poco tiempo. (Recordemos la repentina muerte del Papa Juan Pablo I.) Cualquiera que haya sido el motivo, lo cierto es que el Papa no se manifiesta con claridad meridiana, si bien se pueda, aun así, descubrir el sentido real de lo que dice. Como dijo Jesús cierta vez a Sus discípulos: «El que tiene oídos para oír, ¡que oiga!»
     Por lo tanto, además de la unanimidad de las declaraciones de todos los otros testigos,  desde el futuro Pío XII, en los años treinta, hasta el propio sobrino de la Hermana Lucía, en 2000, viene ahora el actual Pontífice a unir a la de aquéllos su propia voz: El Tercer Secreto predice una generalizada pérdida de la Fe y una caída de la Gracia entre los miembros del Clero, de niveles jerárquicos diversos.
     Pues bien. Las dos primeras partes del Secreto no mencionan absolutamente nada que se refiera a una apostasía en la Iglesia; ni tampoco la menciona aquella parte del Tercer Secreto en que se describe la visión del «Obispo vestido de Blanco». Así pues, considerando que todos los testigos afirman que el Tercer Secreto habla de una apostasía que irá a ocurrir en la Iglesia (aun cuando las partes del Mensaje de Fátima reveladas hasta el presente, incluso la visión del «Obispo vestido de Blanco», no la mencionen), la conclusión inevitable es que tiene que haber otra parte del Tercer Secreto, todavía no revelada. ¿Y que dirá, en realidad, esa parte?
     Lo más lógico es que comience con aquella frase indicativa, «En Portugal, se conservará siempre el dogma de la Fe, etc.», que el aparato estatal del Vaticano se esforzó en rebajar y ocultar, como si se tratara de una simple nota al pie de la página en el Mensaje de Fátima. Esa frase es la única referencia explícita, acerca de una futura apostasía, que aparece en las partes del Mensaje ya publicadas. (No obstante, añadimos rápidamente que, aunque no constase esa frase, aun así, por todas las demás evidencias, sería muy clara la evidencia de que el Tercer Secreto se refiere a una apostasía en el seno de la Iglesia.) De la parte divulgada del Mensaje de Fátima entero, es aquí, y sólo aquí, donde se menciona el tema de los dogmas de la Fe y de cómo se conservarán en Portugal.
     ¿Qué otro motivo podría haber tenido Nuestra Señora al mencionar la conservación del dogma en Portugal, sino el de alertarnos que ese dogma no se conservaría en otras partes de la Iglesia? Como ya hemos sugerido más arriba, indudablemente ese "en otras partes" viene descrito en el texto que la Hermana Lucía resumió con aquel "etc."
     Considerando que, en la visión publicada en 26 de junio de 2000, las únicas palabras de Nuestra Señora son las que ya se han mencionado, forzoso es deducir que las demás palabras que Ella pronunció, y que permanecen ocultas, se hallan, por decirlo así, en la "banda sonora" del Tercer Secreto, en que Nuestra Señora explicaría la visión. Aparentemente, esta visión mostraría el resultado final de la desastrosa pérdida de la Fe: el Papa y los miembros de la Jerarquía que restaron están siendo objeto de una "cazada humana" y, por fin, son asesinados en las afueras de una ciudad semidestruida, Roma, quizá después de un holocausto nuclear (y esto no es más que una mera especulación, puesto que nos faltan las palabras de Nuestra Señora).
     En efecto, esto encaja a la perfección en aquello que había admitido el Cardenal Ratzinger en 1984: que el Tercer Secreto se refiere a «los peligros amenazando la fe y la vida del Cristiano, y por tanto la del mundo». En sentido figurado, los cadáveres que rodean al Papa, quien con extrema dificultad se dirige a la colina donde los soldados lo asesinan, representarían las víctimas de la apostasía; y la ciudad semidestruida, el estado de la Iglesia en esa época de apostasía.
La peor de todas las amenazas:
el desaparecimiento del Dogma Católico
     Cuando, el 16 de mayo de 2001, la Madre Angélica declaró en la televisión norteamericana que «no hemos recibido la cosa completa» [es decir, la versión completa del Tercer Secreto] porque «yo creo que es aterrador», indudablemente tenía razón. No hay nada más asustador que el desaparecimiento generalizado de la Fe en la Iglesia, especialmente cuando el peligro proviene de «lo alto», según dijo el Cardenal Ciappi, teólogo personal del Papa, con relación al Tercer Secreto. La consecuencia de este peligro, si no se consigue evitar, será la condenación eterna de millones de almas. Y ¿quién sabe cuántas ya no se habrán perdido, por la falta de las saludables advertencias y consejos del Tercer Secreto?
     Sin embargo, la visión divulgada el 26 de junio de 2000 no indica nada que pueda ser entendido como asustador: en realidad, no hay nada tan asustador en la visión que justificase la decisión del Vaticano, de mantenerla debajo de siete llaves, durante cuarenta años. Y ciertamente por eso el Cardenal Ratzinger nos quería hacer creer que el Tercer Secreto, representado exclusivamente por la visión, no contiene «ninguna gran sorpresa», porque la «sorpresa» se encuentra en la conclusión todavía no divulgada de la frase «En Portugal, se conservará siempre el dogma de la fe, etc.» — aquella misma frase que el "Comentario" del Cardenal excluyó del texto integral de las palabras de Nuestra Señora, según la Cuarta Memoria de la Hermana Lucía.
     Pues bien: Cuando Juan Pablo II, en su sermón de 1982 en Fátima, se refirió a «aquello que socava los propios fundamentos de nuestra salvación», no hay duda que quiso dar a entender lo que lleva a la demolición de la Fe católica. Esto lo sabemos por lo que incesantemente nos enseña la Iglesia. Por ejemplo, dice el Credo de Atanasio: «El que desee salvarse, antes de nada tendrá que abrazar la Fe católica. Debe conservarla íntegra e inquebrantable; pues, de lo contrario, es seguro que perecerá por toda la eternidad.» El fundamento de nuestra salvación es pertenecer a la Iglesia Católica y conservar íntegra e inquebrantable nuestra Fe. Por consiguiente, el objetivo del Tercer Secreto sólo puede ser el desaparecimiento de dicho fundamento. Todos los testigos así lo afirman, y así lo afirman también el Papa Juan Pablo II y la frase indicativa «En Portugal, se conservará siempre el dogma de la Fe, etc.»
     Como nos advirtió Nuestro Señor, «(...) ¿de qué le servirá a un hombre el ganar el mundo entero, si pierde su alma?» Si, debido a la nueva orientación de la Iglesia, al Nuevo Orden Mundial, a la Única Religión Universal, o a la promesa de paz y prosperidad en el Mundo, el hombre pierde su alma, de nada le servirá, pues arderá en el Infierno por los siglos de los siglos. Aunque sólo fuera por esto, el Tercer Secreto tiene, para nosotros, una importancia trascendental. Y no podría haber nada más trascendental que esto, ya que se refiere a la salvación de nuestras almas. Se refiere también a la salvación de las almas del Papa, de los Cardenales, Obispos, Sacerdotes; en resumen: de todos los seres humanos. Por consiguiente, el Tercer Secreto se refiere a cada hombre, a cada mujer y a cada niño sobre la faz de la Tierra, particularmente a los católicos.
     Recordamos aquí que, en 1984, el Cardenal Ratzinger admitió que el motivo para no divulgar, «por lo menos al presente», el Tercer Secreto, fue para «evitar el confundir la profecía religiosa con el sensacionalismo», una afirmación muy distante de la actual; o sea, de que según "La Línea del Partido", del Cardenal Sodano el Tercer Secreto había culminado en 1981 con la frustrada tentativa de asesinato del Papa. Además, el Tercer Secreto es una profecía que empezó a cumplirse en 1960, año en que se haría "más clara", según dijo la Herman Lucía. Y, como señala Fr. Michel, una profecía que se empieza a cumplir, se hace, por eso mismo, más clara. Por lo tanto, habiendo empezado a cumplirse alrededor del año 1960, es, naturalmente, una profecía que nos dice algo sobre nuestra época. Es, además, una amorosa advertencia de Nuestra Señora, y también un consejo sobre cómo afrontar este claro peligro dentro de la Iglesia en la actualidad.
     Vamos a examinar con más detalle en qué consiste esencialmente el Tercer Secreto. Según lo reconoció el Cardenal Ratzinger en 1984 (antes de que el Cardenal Sodano hubiese lanzado "La Línea del Partido" sobre Fátima), el Tercer Secreto se refería, antes de nada, a los peligros que amenazan la Fe. San Juan nos dice qué es lo que nos hace alcanzar victoria sobre el Mundo, es nuestra fe. Por lo tanto, para que el Mundo pudiese derrotar a la Iglesia, tendría primero que derrotar nuestra Fe de católicos.
     Así, pues, la esencia del Tercer Secreto dice respecto a las tentativas del Mundo, de derrotar nuestra Fe católica. Conforme hemos demostrado abundantemente en los capítulos anteriores, desde 1960 las fuerzas del Mundo vienen atacando la Fe católica con extremada violencia. Esto es simplemente incuestionable, dada la abrumadora serie de evidencias, que tan sólo hemos esbozado en estas páginas.
     Observando con más detalle, el Secreto se refiere al dogma de la Fe. Nuestra Señora de Fátima afirmó que el dogma de la Fe, y no sólo "la Fe", se conservaría para siempre en Portugal. ¿Por qué Nuestra Señora habrá hecho hincapié en ese dogma? Indudablemente, Nuestra Señora así lo hizo porque el Secreto es una profecía en que se anuncia, específicamente, que ese dogma de la Fe sería el blanco de todos los ataques contra la Iglesia, tanto los provenientes de dentro de ella, como los de afuera. Conforme nos advirtió Nuestro Señor en las Sagradas Escrituras, «Porque surgirán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios para engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos.» (Mc. 13:22) El Arrianismo también demostró que entre los falsos profetas se encuentran hasta sacerdotes y obispos. Podemos citar aquí la famosa descripción del Cardenal Newman, sobre aquel período de la Historia Eclesiástica: «Aquellos pocos que permanecieron fieles fueron desacreditados y relegados al exilio; los demás, o eran engañadores, o eran engañados." En esos períodos de crisis, los católicos se deben orientar por los dogmas de la Fe.
     ¿Qué es un dogma? Un dogma es aquello que, de un modo infalible, ha sido definido por la Iglesia, y en lo que deben creer los católicos, para ser considerados como tales. Los dogmas de la Fe son aquellos incluidos en las solemnes e infalibles definiciones del Magisterio, es decir, el Papa, solo, cuando se manifiesta de tal modo que, sin ambigüedades, obliga a todos los miembros de la Iglesia a que crean en lo que proclama el Pontífice; o cuando preside un Concilio Ecuménico de todos los Obispos y proclama ciertas normas o definiciones que obligan a los fieles a aceptarlas; o cuando el Magisterio Universal y Ordinario de la Iglesia transmite alguna enseñanza.
     ¿Qué significa una definición dogmática,infalible? La palabra "infalible" significa «que no puede fallar». Por tanto, las definiciones de la Fe, solemnemente definidas por la Iglesia no pueden fallar. Nuestro conocimiento de lo que es la Fe y lo que son los dogmas se basa en dichas definiciones infalibles. Si creemos y aceptamos estas definiciones infalibles, no podemos estar engañados en temas definidos del modo como se describió aquí.
     ¿Cómo podemos saber que un tema fue definido infaliblemente como artículo de Fe católica? Por la forma como se presenta la enseñanza.
Cuatro fuentes de enseñanza infalible
     Son cuatro los principales medios para transmitir la enseñanza infalible de la Iglesia:
     Primero, mediante la promulgación, por los Papas y Concilios Ecuménicos, de Credos que enumeran todo lo que un católico tiene que creer para ser católico.
     Segundo, por medio de definiciones solemnes, que comienzan por «Nos declaramos, pronunciamos y definimos (…)» o por alguna otra fórmula semejante, que indica cabalmente la doctrina que el Papa (a solas o en conjunto con un Concilio Ecuménico) pretende que la Iglesia se comprometa a creer.
     Tercero, las definiciones del Magisterio Ordinario y Universal, o sea, la enseñanza constante de la Iglesia de un modo "ordinario", desde siempre en toda parte, aunque tal enseñanza no se haya proclamado solemnemente con las palabras «Nos declaramos, pronunciamos y definimos (…)» (Un ejemplo de esto es la enseñaza constante de la Iglesia, a través de su Historia, de que las prácticas anticoncepcionales y abortivas son gravemente inmorales.)  
     Cuarto, los juicios del Papa, generalmente proposiciones condenatorias, y en las que ningún católico puede creer. Cuando un Papa (a solas, o en conjunto con un Concilio) condena solemnemente una proposición, sabemos, de modo infalible, que es contraria a la Fe católica.
     Un ejemplo de un Credo es la Profesión de Fe, promulgada por el Concilio de Trento, y que presentamos aquí bajo la forma de puntos, sin alterar las expresiones originales:
  • Yo, N. N., con fe firme, creo y profeso todas y cada una de las cosas que se contienen en el Símbolo de la fe usado por la santa Iglesia romana, a saber:

  • Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible. Y en

  • un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, y nacido del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre, por quien todo fue hecho;

  • por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre;

  • por nuestra causa fue también crucificado bajo Poncio Pilato, padeció y fue sepultado, y

  • resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió al cielo; y

  • está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin.

  • Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.

  • Y en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.

  • Reconozco un solo bautismo para el perdón de los pecados. Y espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

  • Admito y abrazo firmísimamente las tradiciones de los Apóstoles y de la Iglesia y las restantes observancias y constituciones de la misma Iglesia.

  • Admito igualmente la Sagrada Escritura conforme al sentido que sostuvo y sostiene la santa madre Iglesia, a quien compete juzgar del verdadero sentido e interpretación de las sagradas Escrituras, ni jamás la tomaré e interpretaré sino conforme al sentir unánime de los padres.

  • Profeso también que hay siete verdaderos y propios sacramentos de la Nueva Ley, instituidos por Jesucristo Señor Nuestro y necesarios, aunque no todos para cada uno, para la salvación del género humano,

  • a saber: bautismo, confirmación, Eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio; que confieren gracia y que de ellos, el bautismo, confirmación y orden no pueden sin sacrilegio reiterarse.

  • Recibo y admito también los ritos de la Iglesia católica recibidos y aprobados en la administración solemne de todos los sobredichos sacramentos.

  • Abrazo y recibo todas y cada una de las cosas que han sido definidas y declaradas en el sacrosanto Concilio de Trento acerca del pecado original y de la justificación.

  • Profeso igualmente que en la misa se ofrece a Dios un sacrificio verdadero, propio y propiciatorio por los vivos y por los difuntos, y que en el santísimo sacramento de la Eucaristía está verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo, y que se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo, y de toda la sustancia del vino en su sangre; conversión que la Iglesia católica llama transustanciación.

  • Confieso también que bajo una sola de las especies se recibe a Cristo, todo e íntegro, y un verdadero sacramento.

  • Sostengo constantemente que existe el purgatorio y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles.

  • Igualmente, que los santos que reinan con Cristo deben ser venerados e invocados, y que ellos ofrecen sus oraciones a Dios por nosotros, y que sus reliquias deben ser veneradas.

  • Firmemente afirmo que las imágenes de Cristo y de la siempre Virgen María de Dios, así como las de los otros santos, deben tenerse y conservarse y tributárseles el debido honor y veneración.

  • Afirmo que la potestad de las indulgencias fue dejada por Cristo en la Iglesia, y que el uso de ellas es sobremanera saludable al pueblo cristiano.

  • Reconozco a la santa, católica y apostólica Iglesia romana como madre y maestra de todas las Iglesias, y

  • prometo y juro verdadera obediencia al Romano Pontífice, sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles y vicario de Jesucristo.

  • Igualmente recibo y profeso indubitablemente todas las demás cosas que han sido enseñadas, definidas y declaradas por los sagrados cánones y Concilios ecuménicos, principalmente por el sacrosanto Concilio de Trento [y por el Concilio ecuménico Vaticano, señaladamente acerca del primado e infalibilidad del Romano Pontífice]9; y al mismo tiempo:

  • Todas los cosas contrarias y cualesquiera herejías condenadas, rechazadas y anatematizadas por la Iglesia, yo las condeno, rechazo y anatematizo igualmente.

  • Esta verdadera fe católica, fuera de la cual nadie puede salvarse, y que al presente espontáneamente profeso y verazmente mantengo, y el mismo N. N. prometo, voto y juro que igualmente la he de conservar y confesar íntegra e inmaculada con la ayuda de Dios hasta el último suspiro de vida, con la mayor constancia, y que cuidaré, en cuanto de mí dependa, que por mis subordinados o por aquéllos cuyo cuidado por mi cargo me incumbiere, sea mantenida, enseñada y predicada: Así Dios me ayude y estos santos Evangelios.
     En lo que respecta a las solemnes e infalibles definiciones del Dogma católico, tenemos un ejemplo reciente en la Carta Apostólica del Beato Papa Pío IX, Ineffabilis Deus (1854), en que se proclama de modo infalible, el Dogma de la Concepción Inmaculada de María:
      Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles.
      Por lo cual, si alguno, lo que Dios no permita, pretendiere en su corazón sentir de modo distinto a como por Nos ha sido definido, sepa y tenga por cierto que está condenado por su propio juicio, que ha sufrido naufragio en la fe y se ha apartado de la unidad de la Iglesia, y que además, por el mismo hecho, se somete a sí mismo a las penas establecidas por el derecho, si, lo que en su corazón siente, se atreviere a manifestarlo de palabra o por escrito o de cualquier otro modo externo. (Cursiva, nuestra)
     En este punto, recordemos que el Cardenal Ratzinger, en EMF, demolió fragorosamente este Dogma, y con él, el Mensaje de Fátima, al tener la osadía de afirmar que «El "corazón inmaculado" es, según Mt 5,8, un corazón que a partir de Dios ha alcanzado una perfecta unidad interior y, por lo tanto,"ve a Dios".» ¡No, definitivamente, no! El Corazón Inmaculado no es "un" corazón, sino el corazón, el único, y ningún otro, Corazón de la Santísima Virgen María, el único ser humano puro, concebido sin Pecado Original y que jamás cometió el más mínimo pecado personal durante Su gloriosa vida en la Tierra.
     Finalmente, hay la cuestión de la proposición condenatoria. Un óptimo ejemplo de esto es el Syllabus de Errores, del Beato Pío IX, en el que este gran Papa enumeró, bajo la forma de proposiciones, los muchos errores del Liberalismo, que solemne, categórica e infaliblemente condenó como errores contra la Fe10, incluso la proposición nº 80 (que ya hemos mencionado): «El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna.»
     Conforme ya hemos mostrado, otro propósito del Cardenal Raztinger fue la demolición de la doctrina anterior de la Iglesia, al decirnos que la doctrina del Vaticano II era un "Anti-Syllabus", es decir, «una tentativa de reconciliación oficial con la nueva era inaugurada en 1789», y un esfuerzo para corregir aquello que se atrevió a calificar de «unilateral la posición defendida por la Iglesia, bajo los Pontificados del Beato Pío IX y de San Pío X, en respuesta a la situación creada por la nueva fase de la Historia, que se inició con la Revolución Francesa …»11 Para dejar todavía más explicito su rechazo de la solemne e infalible doctrina del Beato Pío IX, Cardenal Ratzinger declara que, en el Concilio Vaticano II, «la actitud de desconfianza crítica, con relación a las fuerzas que han dejado su impronta en el Mundo Moderno, debe ser sustituida por un entendimiento con el movimiento de dichas fuerzas.»12  Esta opinión de Ratzinger colide frontalmente con la doctrina del Beato Pío IX, de que la Iglesia no debe «reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna.»
     El ultrajante abuso del Cardenal Ratzinger, con relación al dogma de la Concepción Inmaculada, y su arrogante repudio al Syllabus, como siendo unilateral, ponen de manifiesto el verdadero núcleo de la crisis posconciliar en la Iglesia: el ataque a las infalibles definiciones del Magisterio.
     Pues bien: En la mayor parte de los casos, ese ataque ha sido más bien indirecto. Normalmente, la definición infalible no se niega de forma contundente, sino que se la van corroyendo por medio de la crítica o de la "revisión". Los innovadores de la Iglesia no son tan estúpidos hasta el punto de afirmar, pura y simplemente, que una doctrina infalible de la Iglesia constituya un error. Puede incluso darse el caso de que, en su alegada "ilustración", estos innovadores lleguen a pensar que están "profundizando" o "desarrollando" la enseñanza católica, para el bien de la Iglesia. Obsérvese que no estamos juzgando sus motivaciones subjetivas. Sin embargo, el efecto de aquello que practican es muy claro: el desmoronamiento de las doctrinas definidas de modo infalible por el Magisterio.
     Otro ejemplo de este insidioso desmoronamiento es el ataque que emprenden contra el dogma que declara que, "fuera de la Iglesia Católica, no hay salvación". El Credo Tridentino, citado integralmente más arriba, afirma: «Esta verdadera fe católica, fuera de la cual nadie puede salvarse, y que al presente espontáneamente profeso y verazmente mantengo (…)» En el Capítulo 6 hemos mostrado cómo tantas y tantas veces el Magisterio declaró solemnemente este dogma: que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación. Pues, a pesar de todo, este dogma es negado en la actualidad, y es constantemente socavado por un "ecumenismo" que afirma que ni los heréticos protestantes, ni los cismáticos ortodoxos tienen necesidad de retornar a la Iglesia Católica, puesto que esa exigencia no es más que una "eclesiología anticuada."13 Y si en muchos lugares se niega sin rodeos ese dogma, en otros, no lo niegan directamente, pero en la práctica lo van destruyendo poco a poco, a través de ataques indirectos, reiterados e insidiosos, cuya consecuencia es que en estos lugares ya no creen ni aceptan ese dogma.
     Es innegable que, desde el Concilio Vaticano II, se han introducido en la Iglesia un montón de nociones extrañas, como si fueran "una evolución" de la Doctrina Católica, aun cuando esas innovaciones, al menos implícitamente, pero a veces de forma explícita, estuviesen en oposición y destruyesen las definiciones infalibles. Por ejemplo, la idea de que el documento conciliar Gaudium et Spes es un "Anti-Syllabus", que se opone a las solemnes condenaciones del Beato Pío IX14, ocasiona el completo desmoronamiento del infalible Magisterio. Esa afirmación constituye un ataque a la propia credibilidad de la misión docente de la Iglesia: y, por lo tanto, es un atentado contra el propio Dogma católico.
No puede haber "un nuevo entendimento"
del Dogma católico
     Este atentado posconciliar contra el Dogma, ya sea corrompiéndolo, ya sea oponiéndose a él mediante alguna contradicción implícita, no se puede justificar como si fuera "un  desarrollo", ni como una "nueva lectura" del Dogma. De acuerdo con lo que enseñó solemnemente el Concilio Vaticano I: «Pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe.»15
     Además, según enseñó el Concilio Vaticano I, no es posible ninguna otra "interpretación" de aquello que la Iglesia ya ha definido de un modo infalible:

      De ahí que también hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y jamás hay que apartarse de ese sentido so pretexto y nombre de una más alta inteligencia.16
     Por consiguiente, es un principio de la Fe católica, en que creemos, que Dios no ha revelado ninguna nueva doctrina desde la muerte del último Apóstol, San Juan, y que no ha surgido ninguna otra interpretación de la doctrina ni derivada del Vaticano II, ni de cualquier otro origen.
     Así, esta "nueva" doctrina, o "contradoctrina", de que tanto se viene hablando desde el Concilio Vaticano II no es otra cosa sino una seudodoctrina, que se viene enseñado de una manera muy hábil: cuando esta seudodoctrina entra en contradicción con las doctrinas definidas de modo infalible, en ese caso los católicos deben permanecer fieles a dichas doctrinas infalibles, y rechazar las "nuevas".
     El dogma de la Fe no puede engañar, pero las innovaciones sí pueden inducirnos a engaño. Las personas se pueden engañar; los Fieles se pueden engañar; los Sacerdotes se pueden engañar; los Obispos se pueden engañar; los Cardenales se pueden engañar, y hasta el Papa se puede engañar en asuntos que no incluyan Su carisma de infalibilidad, como sucedió con más de un Papa, que, según nos enseña la Historia, nos enseñó o quiso enseñarnos alguna innovación.
     Por ejemplo: En el año 680, el Tercer Concilio de Constantinopla condenó post mortem al Papa Honorio, por su coparticipación en una herejía;17  dicha condenación recibió la aprobación del Papa León II y de otros Pontífices. — En el Siglo XIV (1333), el Papa Juan XXII profirió sermones (pero no definiciones solemnes) en que insistía que las bienaventuradas almas de los difuntos no disfrutarían de la Visión Beatífica hasta el Día del Juicio Final. Por ese motivo, fue denunciado y refutado por teólogos, y, finalmente, ya en su lecho mortuorio, se retractó de la doctrina herética.
     En este segundo ejemplo, los católicos cultos (y los teólogos lo eran) sabían que Juan XXII estaba engañado en su doctrina sobre el Juicio Particular. Sabían que había algún equívoco en aquella enseñanza, pues negaba aquello en que la Iglesia siempre había creído, aun cuando, hasta aquel momento, no se hubiese definido infaliblemente. Por eso, aquellos católicos del Siglo XIV que tenían conciencia de su Fe, no se limitaron a decir simplemente: «Bueno. Si el Papa dice esto en un sermón, tendremos que alterar nuestra Fe.» Lo que sí hicieron fue estudiar la enseñanza constante de la Iglesia, o sea, que los fieles difuntos disfrutan de la Visión Beatífica desde el mismo momento en que termina su permanencia en el Purgatorio, y llegaron a la conclusión de que Juan XXII estaba equivocado, y se lo hicieron saber.
     Después de ese suceso, el carácter inmediato de la Visión Beatífica fue solemne e infaliblemente definido en 1336 por el Sucesor de Juan XXII, lo cual normalizó aquel asunto y lo dejó al margen de cualquier debate ulterior — y precisamente por eso se hace necesaria una definición infalible. Eso se aplica también a todos los demás temas infaliblemente definidos por la Iglesia. Podemos y debemos confiar plenamente en estas definiciones infalibles, y rechazar todas las opiniones en contrario, aunque sean de un Cardenal, o hasta de un Papa.
     Hay otros ejemplos de Pontífices que estaban engañados. Incluso San Pedro, el primer Papa, se engañó (conforme se lee en la Sagrada Escritura), no por lo que hubiese hecho, sino por el ejemplo que dio: alrededor del año 50, en Antioquía, San Pedro rehusó sentarse a la mesa donde se hallaban gentiles convertidos. Por haberse apartado de aquellos convertidos, dio la falsa impresión de que el Primer Concilio de Jerusalén se engañaba en su enseñanza infalible, al afirmar que la ley ceremonial mosaica no se aplicaba a la Iglesia Católica. (Esa ley mosaica prohibía que los judíos se sentasen a comer con los "inmundos" gentiles.) Fue por causa de ese incidente por lo que San Pablo reprendió a San Pedro en su misma cara y en presencia de todos. (Gal. 2:11)
     Otro ejemplo más es el del Papa Liberio, quien, alrededor del año 357, cometió un engaño, al aprobar un Credo propuesto por los arrianos, en el que se omitía toda referencia de que el Hijo es consustancial al Padre. Cumple aclarar que el Papa Liberio sólo consintió en aprobar aquel Credo después de haber pasado dos años en el exilio, y bajo amenaza de muerte. Erró una vez más (bajo compulsión y en el exilio) cuando condenó y excomulgó equivocadamente (en realidad, solo dando la aparencia de excomulgación) a San Atanasio, que defendía la Fe contra la herejía arriana. Liberio, el primer Papa no canonizado por la Iglesia, cometió un error, porque Atanasio enseñaba la Doctrina Católica, la verdadera e infalible Doctrina, proclamada por el Concilio de Nicea en el año 325. Era la definición infaliblemente proclamada por el Concilio, y no la doctrina errónea del Papa Liberio, la que se debería haber aceptado en ese caso.
     La lección que aprendemos con estos ejemplos retirados de la Historia de la Iglesia es que todo aquello que se nos proponga como siendo artículo de Fe tiene que juzgarse a la luz de aquellas definiciones proclamadas de modo infalible. Por tanto, si un Cardenal, un Obispo, un Sacerdote, un Seglar o hasta el mismo Papa nos enseña alguna innovación contraria a cualquier definición de Fe, proclamada de aquel modo, podemos estar seguros de que dicha enseñanza es errónea y debe ser rechazada por el bien de nuestras almas inmortales. Sí, es verdad, hasta el propio Papa se puede engañar, y realmente se engaña cuando expresa una opinión contraria a cualquier definición solemne e infalible de la Iglesia Católica. Cuando eso ocurre, no significa que Ella se haya engañado: es el Papa quien se engaña, y no se puede imputar dicho engaño a toda la Iglesia. Por supuesto, si hasta el Sumo Pontífice se puede engañar enseñando alguna inovación, eso también le puede suceder a cualquier Cardenal, Obispo o Sacerdote cuando transmite su propia enseñanza o expresa sus propias opiniones.
     De todo esto resulta que, cuando Nuestra Señora se manifiesta sobre "el dogma de la Fe", nos está advirtiendo del peligro que amenazará la Fe — y «la vida del Cristiano, y por tanto la del mundo», en las palabras del Cardenal Ratzinger — siempre que se contradigan o corrompan las definiciones dogmáticas y solemnes de la Fe católica; y que son esas definiciones las que constituyen el propio fundamento de la Fe católica, y, por ende, el fundamento de nuestra salvación, según las palabras del Papa en el sermón de Fátima, en 1982.
     Cuando se objeta que un simple sacerdote, o un simple seglar, no tiene condiciones para discordar de los altos prelados como el Cardenal Ratzinger, ni mucho menos del Papa (en casos extraordinarios, como en los ejemplos que aquí hemos dado), la respuesta sólo puede ser ésta: Por eso la Iglesia tiene definiciones de carácter infalible. Al confrontar toda y cualquier enseñanza con las definiciones solemnes e infalibles de la Iglesia, es posible saber si dichas enseñanzas son verdaderas o falsas, y no en razón del cargo o función eclesial de aquel que las haya transmitido. Conforme nos enseña San Pablo, «pero aun cuando nosotros o un ángel de Cielo os anunciase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema.» (Gal. 1:8)  Obsérvese que los fieles deben considerar anatema — es decir, maldito, apartado de la convivencia de la Iglesia, réprobo del Infierno, y merecedor del fuego eterno — todo aquel que niegue o se oponga a la Doctrina infalible de la Iglesia, aun cuando se trate de un Apóstol. Por ese motivo, aquellos teólogos [del Siglo XIV] fueron capaces de rechazar las doctrinas erróneas que el Papa Juan XXII transmitía desde el púlpito y hasta corregirlo. Y por ese mismo motivo, los católicos de la actualidad tienen plenas condiciones de distinguir la doctrina correcta de la errónea, aun sabiendo que, jerárquicamente, se sitúan en un nivel inferior al del prelado que está cometiendo el error.
     Un excelente ejemplo de esto es el de un abogado llamado Eusebio, el cual denunció que Nestorio (ilustre Arzobispo de Constantinopla y el más importante prelado en la Jerarquía, inmediatamente abajo del Papa) cometiera un error al negar que la Santísima Virgen María fuese la Madre de Dios. Durante la celebración de la Misa de Navidad, se subió a un banco de la iglesia y denunció a Nestorio por predicar una herejía. Hasta aquel momento, ninguno de los sacerdotes y obispos, con más categoría, se había manifestado para denunciar la herejía de Nestorio. Así pues, un simple seglar estaba cierto, al paso que todos los demás estaban equivocados. El Concilio de Éfeso fue convocado para informarse de este asunto, de que resultó la solemne e infalible definición de que la Virgen María es la Madre de Dios. Como Nestorio se negó a abjurar, fue destituido, declarado hereje ¡y excomulgado!
     En síntesis: la verdad no es cosa que dependa de un número mayor o menor de defensores, ni tampoco depende del nivel jerárquico de quien la proclama: la verdad es aquello que Dios Padre y Jesucristo han revelado por medio de las Sagradas Escrituras y de la Tradición, aquello que solemnemente ha definido la Iglesia Católica, aquello que siempre ha enseñado: lo que ha enseñado siempre, ¡y no sólo desde 1965!
Las desastrosas consecuencias
de adulterar las definiciones infalibles
     Una vez más, la Historia nos ofrece un excelente ejemplo de lo que le puede ocurrir a la Iglesia cuando se cuestiona en larga escala aunque sólo sea un único dogma. Desde el año 356 al 381, la herejía del Arrianismo provocó una tremenda confusión en el seno de la Iglesia. El Arrianismo fue condenado en el año 325; sin embargo, resurgió en 336. De este año en adelante, la herejía llegó a alcanzar el 90% de los Obispos, hasta ser finalmente derrotada cerca de 50 años después. En medio de la confusión y el abandono de la Fe que resultaron de esa situación, hasta el notable San Atanasio llegó a ser "excomulgado" por el Papa en 357. Alrededor del año 381 el Arrianismo fue derrotado por el Concilio de Constantinopla I. No obstante, todavía se mantuvo floreciente durante algún tiempo entre 360 y 380. Para la Iglesia, las consecuencias fueron extremamente devastadoras.
     La crisis provocada por el Arrianismo sirve, además, para enseñarnos otras cosas acerca del probable contenido del texto no divulgado del Tercer Secreto. Un motivo del éxito de los arrianos durante algún tiempo fue el contundente ataque a un dogma definido solemne e infaliblemente en el Concilio de Nicea en el año 325: que Cristo es Dios de Dios, Luz de Luz, Dios Verdadero de Dios Verdadero; concebido, no creado, consustancial al Padre. Esta definición solemne e infalible está en Credo del Concilio de Nicea, que rezamos a todos los domingos en la Misa.
     Los arrianos modificaron dicha definición al conseguir que un gran número de "fieles" reivindicasen su sustitución por una errónea, no infalible. En 336, sustituyeron la palabra griega Homoousion por otra, Homoiousion. La primera, Homoousion, significa básicamente "consustancial" al Padre. Ahora bien: Para que Dios-Hijo sea consubstancial al Padre, el Hijo tiene que ser no solamente Dios, sino que, además, tiene que ser el mismo Dios en unidad con el Padre, de tal modo que la Sustancia del Padre sea la Sustancia del Hijo, aun cuando la Persona del Padre no sea la misma que la de Hijo. Por lo tanto, son tres Personas distintas en un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero esas tres Personas distintas constituyen un solo Dios, con una misma Sustancia. Es éste el Misterio de la Santísima Trinidad. Sin embargo, la palabra incorporada al Credo arriano, Homoiousion, significa "de Sustancia parecida a la del Padre". Por lo cual, la frase crucial de este Dogma, "consustancial al Padre", fue sustituida en la versión arriana por "de Sustancia parecida a la del Padre", o "como el Padre".
     Fue así como los Arrianos provocaron una confusión generalizada en la Iglesia, al añadir una sola letra a la palabra, Homoousion, creando con eso una nueva palabra con un significado diferente: Homoiousion. Atacaron una definición solemne, afirmando que la suya era mejor que aquélla, lo cual era imposible: la definición de los arrianos jamás podría ser más correcta que la definición solemne, por el simple motivo de que la definición solemne fue definida infalible por el Concilio de Nicea.
     Al añadir una única letra a una única palabra, los arrianos eliminaron una definición infalible. Fue lo suficiente para que arrianos y semiarrianos se enzarzasen en un verdadero estado de guerra. Por causa de esta única modificación en un único dogma infalible, muchas personas padecieron el martirio, la persecución, el confinamiento en el desierto, el destierro. Por decisión del Sínodo de Egipto, San Atanasio fue condenado cinco veces al destierro (habiendo pasado 17 años en esa condición). Y, a pesar de todo, la razón estaba de su lado, y no del de los Obispos de aquel Sínodo, todos ellos equivocados.
Las definiciones infalibles prevalecen
sobre todo y cualquier estudio o
nivel jerárquico de la Iglesia
     ¿Qué base tenía San Atanasio para saber que tenía razón? Fue por haberse aferrado a una definición infalible, sin llevar en cuenta lo que otros pudiesen decir. Ni los estudios realizados en todo el mundo, ni las más elevadas funciones o cargos, consiguen prevalecer sobre la verdad de una enseñanza católica, cuando definida de modo infalible. Aun el más humilde de los fieles, si se aferra a una definición infalible, mostrará más sabiduría que el teólogo más erudito que la niegue o pretenda socavarla. El propósito más amplio de la enseñanza eclesiástica, definida de modo infalible, es: tornarnos independientes de meras opiniones de otros hombres, por mucho estudio que hayan tenido y por muy elevado que sea su cargo o función.
     Pues bien. La definición solemne del Concilio de Nicea en el año 325 fue infalible, pero muchos en aquella época no se concienciaban de que las definiciones solemnes sobre asuntos atinentes a la Fe son infalibles. Y eso porque, hasta aquel período de la Historia Eclesiástica, la Iglesia aún no había promulgado la definición solemne que estableciese que definiciones solemnes sobre asuntos de Fe son infalibles. Eso sólo vino a ocurrir en 1870, cuando el Concilio Vaticano I definió solemne e infaliblemente la infalibilidad de las definiciones solemnes de la Iglesia. Actualmente, sabemos de modo infalible, que las definiciones solemnes son infalibles. Y por eso reafirmamos: no pueden ser erróneas, ¡nunca!
Actualmente, las definiciones infalibles
son blanco de ataque
     Por lo que acabamos de comentar, no hay actualmente ninguna disculpa para dejarse seducir por una herejía, ni para omitirse en la defensa de las definiciones solemnes. No obstante, tal como sucedió en el tiempo de Arrio, es eso lo que constatamos en la actualidad. Hay eclesiásticos que juzgan las cosas a la luz del Concilio Vaticano II, en vez de juzgar el Concilio Vaticano II a la luz de las definiciones infalibles. Se han olvidado de que son las definiciones infalibles, y no el Vaticano II, las normas inmutables por medio de las cuales se evalúan todas las enseñanzas, así como el metro estándar sirve para contrastar los instrumentos que tienen marcada la longitud de 1 metro. No se puede decidir repentinamente que el nuevo estándar del metro sea una barra con 95 cm. Análogamente, la Iglesia no puede decidir, sin más ni más, que el Concilio Vaticano II pase a ser la nueva medida-estándar de la Fe.
     Y así, después de un examen más minucioso, volvemos al punto crítico del Tercer Secreto. Por este motivo el Tercer Secreto inicia con la referencia al dogma de la Fe, y también por eso afirmó la Hermana Lucía que el Tercer Secreto se haría "más claro" de 1960 en adelante. Cumple señalar aquí que, innegablemente, ya nos encontramos en medio del período de calamidades previsto por el Tercer Secreto. ¿Y cómo lo sabemos? Pues por habernos dicho la Virgen que el Tercer Secreto se haría "más claro" de 1960 en adelante y, además, por habernos dicho que, por fin, Su Corazón Inmaculado triunfará. Considerando que todavía no ha ocurrido el mencionado Triunfo, debemos de hallarnos en el período entre 1960 y el momento en que, por fin, tendrá lugar aquel Triunfo final, es decir, el período a que se refiere la profecía del Tercer Secreto.
     Lo que hemos observado desde el Concilio Vaticano II, repetimos, es un ataque indirecto, insidioso, a las definiciones solemnes de la Iglesia. Fue un concilio supuestamente pastoral, que rehusó manifestarse por medio de definiciones solemnes, y, en la opinión de algunos, se opuso a varias de ellas. Pero, como ya hemos visto, el Concilio pretendía ser "pastoral" para evitar definiciones solemnes, y para evitar condenaciones del error, como declaró el Papa Juan XXIII, en el discurso de apertura.
     Bien. ¿Qué mal hay en eso? El mal está en que, mediante el artificioso error de rehusar hacer definiciones solemnes, se abre la puerta para que el Concilio Vaticano pueda utilizar un lenguaje que acabaría por socavar las definiciones infalibles ya existentes — el mismo artificio que utilizaron los arrianos en el Siglo IV para provocar la confusión en la Iglesia. Y faltó muy poco para derrotarla por completo.
     Pues fue ese mismo procedimiento el que se puso en práctica desde la apertura del Concilio Vaticano II. Pero los fieles tienen una solución para evitar ese problema: El Concilio no es autoritario, en el sentido de no haber ejercido el Magisterio supremo, ni su facultad de definir una doctrina, ni de anatematizar el error. Una vez que no ejerció esta autoridad suprema, todo lo que enseñó el Vaticano II, y que no había sido enseñado de modo infalible antes de su apertura, tiene que ser examinado a la luz de las definiciones dogmáticas y ensenanzas infalibles de la Iglesia Católica.
     Sin embargo, no es eso lo que sucede hoy: Hoy se está redefiniendo "la Fe" a la luz del Vaticano II. Con toda certeza, es a este proceso al que, yendo directamente al corazón del asunto, se refiere Nuestra Señora de Fátima cuando — al afirmar que «En Portugal, se conservará siempre el dogma de la fe», y que, obviamente, se perderá en muchos otros lugares — recomienda a la Hermana Lucía que Su advertencia debe darse a conocer alrededor del año 1960, cuando ya se había anunciado el Concilio Vaticano II.
     Confirman esta conclusión los sermones del Papa en Fátima, en 1982 y en 2000: En 1982, el Santo Padre dijo que se estaban socavando las bases de nuestra salvación; y en 2000, en el sermón durante la beatificación de los Videntes Jacinta y Francisco, Juan Pablo II nos advirtió de los peligros que hoy amenazan nuestra salvación, cuando dijo que «el Mensaje de Fátima es un llamamiento a la conversión, y alerta a la Humanidad a que no haga el juego del "dragón", cuya "cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del Cielo y las lanzó a la Tierra" (Apoc. 12:4) Una vez más, preguntamos: En los textos revelados del Mensaje de Fátima ¿dónde se encuentra esto? En ninguna parte. Por lo tanto, tiene que estar en el Tercer Secreto. El Papa nos dice que el Tercer Secreto se refiere a los peligros que amenazan a la Fe, y que una tercera parte del Clero católico está implicada en eso.
El ataque tiene su origin en el interior de la Iglesia
     Vamos a examinar ahora un dato específico de la esencia del Tercer Secreto: El Papa también señaló que el ataque contra la Fe católica tenía su origen en el interior [de la Iglesia]. Dijo en 1982: «Con toda la fuerza de Su Amor, que se nutre en el Espíritu Santo y que desea la salvación de todos, ¿podría la Madre permanecer en silencio acerca de aquello que socava los propios fundamentos de la salvación de Sus hijos?» El verbo socavar significa enflaquecer internamente los cimientos de nuestra salvación. El enemigo externo de la Iglesia la ataca desde fuera; un infiltrado lo hace desde dentro. En este último caso, el ataque es inesperado y nadie se preocupa en defender: el atacante es visto como "un amigo".
     Por consiguiente, es el propio Papa quien nos advierte que la Fe Católica está siendo socavada desde dentro de la Iglesia: el 13 de mayo de 1982, «de aquello que está socavando los propios fundamentos de la salvación de sus Hijos»; y quien lo está haciendo es el Clero: el 13 de mayo de 2000, «una tercera parte de las estrellas del Cielo».
     Finalizamos este punto señalando que hay otra fuente de la que podemos inferir este aspecto del Tercer Secreto. En 1963, la publicación alemana Neues Europa reveló lo que parecía ser una parte del Tercer Secreto: El Cardenal se opondría al Cardenal; el Obispo, al Obispo. Si sabemos esto es porque, cuando le preguntaron si se debía publicar el relato de la Neues Europa, el Cardenal Ottaviani (que también había leído el Tercer Secreto y era muy circunspecto, sin mostrar mayor entusiasmo por las apariciones) respondió de manera muy expresiva: «¡Publiquen 10.000, 20.000, 30.000 ejemplares!»18
     Tenemos, además, la declaración del P. Malachi Martín, ya fallecido, de que el mensaje de Garabandal contiene una parte o la totalidad del Tercer Secreto. El P. Martín — que conocía el Tercer Secreto por haberlo leído, y también había leído el mensaje de Garabandal — afirmó que Nuestra Señora se había aparecido en Garabandal en 1961, para divulgar el Tercer Secreto, por no haberlo hecho el Vaticano en 1960. ¿Y qué es lo que contiene el mensaje de Garabandal? Entre otras cosas, dice que «muchos Cardenales, Obispos y Sacerdotes están a camino del Infierno, "arrastrando" consigo muchísimas almas. Obsérvese que, una vez más, se hace referencia al concepto de arrastrar las almas al Infierno. Son los mismos términos que aparecen en el comentario de la Hermana Lucía al P. Fuentes: «El Demonio sabe que los Religiosos y los Sacerdotes que han decaído de su sublime vocación arrastran consigo numerosas almas al Infierno»19, y en el sermón del Papa en 13 de mayo de 2000, cuando hace alusión a la escena del Apocalipsis, en la que la cola del dragón arrastraba la tercera parte de las estrellas del Cielo, o sea, de las almas consagradas.
     Aun antes de ser oficialmente aprobadas las apariciones de Garabandal, el Obispo de Santander (diócesis a que pertenece ese poblado) afirmó que el mensaje no contrariaba en nada los principios de la Fe católica.
El ataque reúne la práctica
incorrecta y la doctrina errónea
     Antes de nada, cumple señalar aquí que la calificación de un miembro del Clero o de un seglar como "bueno" o "malo" no depende exclusivamente de que defienda verbalmente la Fe, o que no la defienda. Además de comparar su doctrina, o sea, las palabras de un Sacerdote, de un Obispo, de un Cardenal y del propio Pontífice con la doctrina infalible del Magisterio, es necesario saber si mantiene las prácticas ortodoxas de la Iglesia Católica, por sus palabras (habladas o escritas), por sus actos y por la conducta cristiana de su vida. Es necesario saber si la persona (el Sacerdote, el Obispo, el Cardenal o el Papa) participa de la heteropraxis (prácticas contrarias a la Fe), como la irreverencia para con el Santísimo Sacramento.
     La Fe puede ser víctima de ataques mediante actos practicados pública o disimuladamente. Y nuestros actos tienen que ser coherentes con nuestras palabras. De este modo, defendemos la Fe si nos mantenemos fieles a la Doctrina en pensamientos, palabras y escritos, y si realizamos las prácticas piadosas indicadas por la Iglesia, que confirman nuestro acatamiento a la Fe. Pero si en nuestra parroquia (o diócesis, o provincia eclesiástica, o aun en toda la Iglesia — una posibilidad prevista por algunos doctores católicos) introducimos prácticas heterodoxas, que insinúan la falta de credibilidad de la Fe definida, con esa heteropraxis escandalizaremos a los pequeñitos y hasta a algunos espíritus eruditos.
     Por ejemplo: Por las proclamaciones solemnes del Concilio de Trento, sabemos que Dios nos da certeza de que la Hostia Consagrada es verdaderamente la Presencia Real — es decir, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad — de Nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, los protestantes rebeldes quisieron negar este artículo de Fe, y, además, procuraron inducir a los demás a que hicieran lo mismo. Por eso, volvieron a adoptar la práctica de dar la Comunión en la mano. Esa práctica había sido adoptada inicialmente, de modo muy difundido, por los herejes arrianos del Siglo IV, como forma de negar que Nuestro Señor Jesucristo fuese Dios. Por esta acción simbólica, todos entenderían su negación.
     En nuestros días, los enemigos de la Iglesia vienen usando la heteropraxis como forma de escandalizar a muchos católicos y de hacerles perder la fe en la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía. Por ese motivo, las normas eclesiásticas han prohibido en carácter general durante muchos siglos, y continúan prohibiendo hasta hoy, el abuso de dar la Comunión en la mano. El reciente indulto [es decir, la autorización] para contrariar la letra de la ley sólo se concede si esa práctica no va a acarrear una disminución de la Fe en la Presencia Real, ni va a significar tratarla de un modo menos reverente. Pues, a pesar de todo, el resultado siempre es ése, como lo podemos observar en nuestra experiencia cotidiana con relación a esa forma de heteropraxis.20
     Por otro lado, las prácticas que confirman la doctrina ortodoxa de la Iglesia reciben el nombre de orthopraxis (es decir, prácticas católicas correctas), e incluyen: la genuflexión ante la Presencia del Santísimo Sacramento, dar/recibir la Comunión en la boca, conservar el Sagrario con el Santísimo Sacramento como el principal foco de atención (y de adoración), en el centro del santuario un comportamiento solemne por parte del Clero en el recinto sagrado, demostrando la debida reverencia a la Presencia de Dios en el Santísimo Sacramento. Estos ejemplos de orthopraxis (acciones ortodoxas que sustentan la Fe) dan testimonio de la verdad del dogma que declara que Dios está realmente presente en el Santísimo Sacramento — el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, bajo la apariencia del pan — y también demuestran la debida reverencia del Hombre para con Dios.
     Ejemplos de heteropraxis, es decir, prácticas que van contra el dogma de la Presencia Real, incluyen el dar la Comunión en la mano. Este ejemplo de heteropraxis transmite a los fieles el mensaje erróneo de que el Santísimo Sacramento no es tan importante, que Él es tan sólo pan, y fortalece la herejía de que Dios no está realmente presente en el Santísimo Sacramento — el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, bajo la apariencia del pan. Otro ejemplo de heteropraxis, en este aspecto, es mantener permanentemente el Sagrario con el Santísimo Sacramento fuera del Altar Mayor, en un altar lateral, o en una especie de hornacina, de tal forma que el foco principal de las atenciones (y del culto) en el templo acaba siendo la silla del celebrante, o "presidente de la asamblea". El mensaje subyacente es transmitido e interpretado como si la persona que ocupa la silla fuese más importante que el Santísimo Sacramento. Y, considerando que el "presidente de la asamblea" representa al pueblo, también se insinúa sutilmente que Dios es menos importante que el pueblo.
     Estos ejemplos nos hacen recordar, una vez más, las palabras del Papa Pío XII, mencionadas más arriba:
     Suponga, caro amigo, que el Comunismo [uno de los "errores de Rusia" mencionados en el Mensaje de Fátima] haya sido solamente el más visible de los instrumentos utilizados contra la Iglesia y contra las tradiciones de la Revelación Divina (...) Me preocupan los mensajes de la Santísima Virgen a Lucía de Fátima. Esta persistencia de María sobre los peligros que amenazan a la Iglesia es un aviso del Cielo contra el suicidio que significa alterar la Fe en Su liturgia, en Su teología y en Su espíritu (...) Llegará un día en que el mundo civilizado negará a su Dios, en que la Iglesia dudará como dudó Pedro. Ella se verá tentada a creer que el hombre se ha convertido en Dios. (…) En nuestras iglesias, los cristianos buscarán inútilmente la lamparilla roja en donde Dios los espera. Como María Magdalena, llorando ante el túmulo vacío, preguntarán: "¿Adónde Lo han llevado?".21
     La impresión que se tiene al leer esas palabras del Papa Pío XII es que las mencionadas formas de heteropraxis contra el Santísimo Sacramento constan explícitamente del Tercer Secreto del Mensaje de Fátima, porque, si bien Pío XII no las vincula al Mensaje de Fátima; no constan de ninguna de las partes ya publicadas. De ahí que tienen que formar parte del Tercer Secreto — es decir, de la parte no publicada. Pío XII nos dice claramente que es Nuestra Señora de Fátima quien nos advierte contra «el suicidio que significa alterar la Fe en Su liturgia, en Su teología y en Su espíritu.» Por consiguiente, el Tercer Secreto nos alerta que no sólo las falsas doctrinas, sino también la heteropraxis constituyen ataques contra «el dogma de la Fe.»
El ataque incluye la corrupción moral del Clero,
que observamos en la actualidad
     Como podemos ver actualmente, la irrupción de un vastísimo escándalo en todo el Mundo, relativo a conducta sexual condenable por parte de varios miembros del Clero, constituye una tercera línea de ataque a la Iglesia, en estos tiempos de profunda crisis: la corrupción moral de muchas almas consagradas. La cola del dragón arrastra a muchas almas del Cielo, decaídas de su estado de consagración, no solamente por causa de la heterodoxia y de la heteropraxis, sino también por la inmoralidad. Recordemos las palabras de la Hermana Lucía al P. Fuentes:
      El demonio (...) está tratando de ganar a las almas consagradas a Dios, ya que de esta manera también deja el campo de las almas desamparado, y más fácilmente se apodera de ellas.
     Lo que más aflige al Corazón Inmaculado de María y al Sagrado Corazón de Jesús es la pérdida de las almas de los Religiosos y de los Sacerdotes. El Demonio sabe que los Religiosos y los Sacerdotes que fracasan en su sublime vocación arrastran consigo al infierno numerosas almas.
     Hoy estamos viendo que la corrupción se propaga entre el Clero católico y se denuncian increíbles escándalos sexuales, en las diócesis de Norteamérica, Europa y África. La cola del Dragón ha arrastrado a muchos miembros del Clero hasta las más depravadas formas de inmoralidad.
     Como resultado de todo esto, se está destruyendo la credibilidad de muchos Sacerdotes que honran sus votos y mantienen la Fe, y se destruye también la credibilidad de la Iglesia como institución. Aun cuando existen, de hecho, doctrina y práctica saludable, sus beneficios son con frecuencia anulados por corrupción moral, que está socavando la credibilidad de la Iglesia.
¿Quién es el responsable?
     Es llegado el momento de preguntarse: ¿Quién, en el Tercer Secreto, es identificado como responsable de la demolición de la Fe a través de la heterodoxia y de la heteropraxis, de la corrupción moral y de la caída de las almas consagradas? En primer lugar, son los miembros de la alta Jerarquía del Vaticano. Una vez más llamamos la atención para la declaración del Cardenal Ciappi, el teólogo pontificio de Juan Pablo II, de que «en el Tercer Secreto se predice, entre otras cosas, que la gran Apostasía en la Iglesia  comenzará por lo alto.» Por consiguiente, la responsabilidad recae, antes de cualquier otra persona, sobre los autoridades del Vaticano. Vemos en esto el cumplimiento no sólo del Tercer Secreto, sino también de la advertencia del Papa San Pío X, en su encíclica Pascendi, de 1907, en que escribe:«hoy no es menester ya ir a buscar los fabricadores de errores entre los enemigos declarados (...) se ocultan en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados..» Estos enemigos son seglares y Sacerdotes «Impregnados hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del Catolicismo».22
     Y prosigue San Pío X:
     "Son seguramente enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijere que ésta no los ha tenido peores. Porque, en efecto, como ya hemos dicho, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia."23
      "En los Seminarios y Universidades andan a la caza de las cátedras que convierten poco a poco en cátedras de pestilencia."24
      "Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad."25
     No obstante, alguien podrá preguntar: «¿Cómo podemos saber quiénes son, entre los miembros del Clero, los que integran aquella tercera parte de las estrellas a las que, indirectamente, se refiere el Papa Juan Pablo II? ¿Cómo podemos saber quiénes son los partidarios del error?» La respuesta, una vez más, se encuentra en aquello que ha sido definido infaliblemente: son amigos «los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús (Apoc. 12:17); son enemigos los que no practican esas cosas. Como dijo Nuestro Señor, «Por sus frutos los conoceréis» (Mat. 7:16) Se puede saber quién merece confianza: aquel que profesa la Fe Católica tal como se ha definido en las definiciones solemnes. Otra señal es también si ponen en práctica la Fe Católica.
     En conclusión: Cuando, en 1967, el Papa Pablo VI lamentaba que «el humo de Satanás entró en el Templo de Dios», y en 1973, que «la apertura al Mundo se transformó en una verdadera invasión de la Iglesia por el pensamiento mundano», simplemente estaba confirmando el contenido del Tercer Secreto; y lo mismo sucedió con el Papa Juan Pablo II, en sus declaraciones más veladas de 1982 y 2000. Las dos primeras partes del Gran Secreto de Fátima advierten sobre la propagación de los errores de Rusia por todo el Mundo. El Tercer Secreto, en su texto integral, es, con certeza, una advertencia de que dichos errores se infiltrarían en la propia Iglesia, instalándose principalmente por medio de la "apertura al Mundo" promovida por el Concilio Vaticano II. La infiltración de la Iglesia Católica por masones, comunistas, neomodernistas y homosexuales es comprobada por los desastrosos resultados de sus actividades y por la pérdida de la Fe entre los católicos en masa.
     A aquellos que se burlan de la afirmación de que tal desastre se abatió sobre la Iglesia de nuestro tiempo, lo que les podemos decir es que son ciegos, y que desconocen la propia Historia de la Iglesia, que nos enseña que situaciones muy parecidas a la actual ya han ocurrido anteriormente. Ya hemos mencionado la descripción del Cardenal Newman sobre la situación de la Iglesia durante la herejía arriana. Una cita algo más extensa de dicha descripción, según consta en su libro On Consulting the Faithful in Matters of Doctrine, es lo suficiente para demostrar que la actual situación de la Iglesia tiene un precedente:
     El cuerpo episcopal fracasó al profesar la Fe (...) Discutían unos con otros, sin llegar a un acuerdo. Durante sesenta años después de Nicea, no hubo nada que significase un testimonio firme, invariable y consistente. Lo que sí hubo fueron Concilios sin credibilidad, Obispos sin Fe; hubo sí falta de firmeza, temor de las consecuencias, falta de orientación, desilusiones, desvaríos, en una secuencia sin fin y sin esperanzas, que se difundió casi hasta el rincón más remoto de la Iglesia Católica. Los relativamente pocos que se mantuvieron fieles fueron desacreditados y relegados al exilio; los demás, o eran engañadores o eran engañados.26
     El libro del Cardenal Newman puso de relieve que, durante la crisis arriana, fueron los seglares que permanecieron fieles al dogma definido de la Fe, en unión con algunos obispos leales, como San Atanasio, quienes mantuvieron viva la Fe. Lo mismo sucede hoy.
     Pero una de las diferencias más notables entre la crisis arriana y la que actualmente afecta a la Iglesia es que, muchos años antes de surgir la actual, la Santísima Virgen María nos vino a avisar que ocurriría y, además, nos ofreció los medios para evitarla, o sea, si se atendiesen sus peticiones en Fátima. El haber privado a la Iglesia de la advertencia incluida en el Tercer Secreto, el haber ocultado la profecía sobre una apostasía (que envuelve, precisamente, las mismas personas que le impusieron a la Iglesia una nueva y desastrosa orientación y que permitieron que fuese invadida por el enemigo), el haber impedido, con tal actitud, que los fieles comprendiesen la causa de todo esto, y que se armasen contra dicha apostasía — todo eso constituye un elemento clave para entender la enormidad del terrible crimen de que tratamos en este libro.
     Pero, a pesar de todo, el encubrimiento no tuvo el éxito pretendido: el Mensaje de Fátima no fue sepultado; se va generalizando e intensificando la sospecha de que la llamada revelación del Tercer Secreto nunca se llegó a realizar integralmente. Admitiendo el fracaso anterior, el 17 de noviembre de 2001 los miembros de la alta Jeraquía del Vaticano (que ya hemos identificado) intentaron, una vez más, sepultar el Mensaje de Fátima, agravando con eso su crimen contra la Iglesia y contra el Mundo. Trataremos ahora de ver las consecuencias de todo esto.
Notas
  1. Fr. Michel de la Sainte Trinité, The Whole Truth About Fatima - Vol III, p. 704.
  2. Ibid, p. 687.
  3. Ibid., pp. 705-706.
  4. Ibid, 822-823. Véase también la revista Jesus, 11 de noviembre de 1984, p. 79. Ver además, The Fatima Crusader, Nº 37, Verano de 1991, p. 7.
  5. The Whole Truth About Fatima - Vol. III, p. 676.
  6. Contre-Réforme Catholique,Diciembre de 1997.
  7. Véase P. Gerard Mura, "The Third Secret of Fatima: Has it Been Completely Revealed?", en el periódico Catholic, publicado por los Redentoristas Transalpinos, Islas Órcadas, Escocia, Gran Bretaña, Marzo de 2002.
  8. Ibídem.
  9. En este párrafo, las palabras entre paréntesis, en la actualidad forman parte de la Profesión de Fe Tridentina, por determinación del Beato Papa Pío IX en un decreto promulgado por el Santo Oficio, en 20 de enero de 1877, (Acta Sanctæ  Sedis, X [1877], 71ff.
  10. En el 6º párrafo de la encíclica Quanta Cura, publicada con el Syllabus el 8 de diciembre de 1864, el Beato Pío IX declaró solemnemente: "En medio de esta tan grande perversidad de opiniones depravadas, Nos, con plena consciencia de Nuestra misión apostólica, y con gran solicitud por la religión, por la sana doctrina y por la salud de las almas a Nos divinamente confiadas, así como aun por el mismo bien de la humana sociedad, hemos juzgado necesario levantar de nuevo Nuestra voz apostólica. Por lo tanto, todas y cada una de las perversas opiniones y doctrinas determinadamente especificadas en esta Carta, con Nuestra autoridad apostólica las reprobamos, proscribimos y condenamos; y queremos y mandamos que todas ellas sean tenidas por los hijos de la Iglesia como reprobadas, proscritas y condenadas." (Cursiva, nuestra)
  11. Cardenal Joseph Ratzinger, Principles of Catholic Theology (Ignatius Press, San Francisco, 1987), pp. 381-382.
  12. Ibid., p. 380.
  13. The Balamand Statement, Nº 30, 23 de junio de 1993.
  14. Ver Nota 10 de este capítulo.
  15. Concilio Vaticano I – 1870, véase Denzinger (Dz.) 1836.
  16. Concilio Vaticano I, véase Dz. 1800.
  17. Debido a su desidia, el Papa Honorio fue responsable, en gran parte, de la propagación de la herejía monotelista, que afirmaba que en Cristo había una sola voluntad, la voluntad divina, un error que, de modo implícito, niega que Cristo sea simultáneamente Dios verdadero y hombre verdadero — aunque Honorio hubiese entendido esto en un sentido católico, es decir, que no podría haber en Cristo incompatibilidad entre la voluntad divina y la voluntad humana. No obstante, la manera como formuló este concepto dio motivo a que los heréticos monotelistas afirmasen que había en Cristo una sola voluntad, y que el Papa concordaba con ellos.
  18. Testimonio personal de Mons. Corrado Balducci, del Vaticano (ya jubilado), dado en presencia del P. Nicholas Gruner, de Christopher Ferrara y de otros testigos. Este caso también fue atestiguado por Marco Tosatti, en su libro  Il Segreto Non Svelato [El Secreto no revelado], (Edizioni Piemme Spa, Casale Monferrato, Italia, mayo de 2002), p. 86.
  19. Escribe Marco Tosatti: «El P. Mastrocola, director de la revista religiosa "Santa Rita", le solicitó al Cardenal Ottaviani autorización para reimprimir las profecías divulgadas en la revista "Neues Europa". La respuesta fue estimulante, pero también perturbadora, si se considera la "revelación" del Tercer Secreto en 26 de junio de 2000. "¡Hágalo, hágalo, por favor!" — respondió el Cardenal responsable de la custodia del Tercer Secreto — "Publique todos los ejemplares que quiera, porque la Madona ya lo quería ver publicado en 1960." La Radio Vaticana también comentó este texto en 1977, por ocasión del X aniversario de la visita de Paulo VI a Fátima. El artículo de "Neues Europa" tuvo una amplia divulgación, habiendo sido republicado en L'Osservatore Romano, en la edición dominical del 15 de octubre de 1978.»
  20. He aquí el texto original, en italiano: "Padre Mastrocola, direttore di un foglio religioso, «Santa Rita», chiese al cardinale Ottaviani il permesso di riprendere l'anticipazione fatta da «Neues Europa». La risposta fu incoraggiante, ma alla luce dello «svelamento» del segreto del 26 giugno 2000, imbarazzante. «Fatelo, fatelo pure — rispose  il porporato custode del terzo segreto — pubblicatene quante copie vi pare, perché la Madonna voleva che fosse reso noto già nel 1960.» E di quel texto parlò anche la Radio Vaticana nel 1977, nel decennale del viaggio di Paolo VI a Fatima. Il testo di «Neues Europa» conobbe grande fortuna, e venne ripreso persino il 15 ottobre 1978 dall'«Osservatore della Domenica»."
  21. Véase Francis Alban, Fatima Priest, 1ª edición (Good Counsel Publications, Pound Ridge, New York, 1997), Apéndice III, "A Prophetic Interview with Sister Lucy of Fatima", p. 312. Ver también The Whole Truth About Fatima - Vol. III, pp. 503-510, para esta entrevista, que incluye las explicaciones adicionales de Fr. Michel.
  22. Véase Fatima Priest, ediciones 1 y 2, Apéndice V, "Regarding Communion in the Hand" Ver también The Fatima Crusader, Nº 28, Junio-Julio de 1989, pp. 33ff, 34ff, 36ff.; The Fatima Crusader, Nº 29, Sept.-Nov. de 1989, p. 16; y The Fatima Crusader, Nº 7, Primavera de 1981, p. 11.

7 comentarios:

  1. Felicitaciones por publicar este importantísimo artículo

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    1. Fraude, farsa, ¿no conocen a los monseñores?

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  2. Muchas gracias! Maravilloso articulo! ... una riqueza formidable! ... DTBM por darnos este conocimiento!

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    1. ¿Que conocimiento? son operaciones mediáticas armadas por la Iglesia. Puro cuento, el fin de los tiempos.. mentiras.

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  3. Bendiciones hermano Pablo. Podrías hacerme el favor de decirme dónde encuentro el texto completo de este gran artículo que nos compartiste? Quiero ver si lo puedo adquirir; es un libro cierto?
    Gracias mil y quedo al tanto de tus noticias.

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  4. Debes poner en google: la última batalla del diablo-capítulo 13. Ahí está todo.
    Si mal no recuerdo, tamién lo encuentras en: www.fátima.org.

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  5. Gracia Ale por tus indicaciones, mira que en este mismo momento lo busco! Súper! ... Dios te guarde.

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